jueves, 31 de diciembre de 2009

Santiago

Hermano, qué infelicidad
nos aproxima
qué mutilación
nos impide la supervivencia.
Soy la que espera
detrás del florecimiento
del aún no acaecido
jardín.
Tu guitarra es la expresión
de nuestro sublime desencuentro
en este cotidiano
trayecto hacia la casa.
La gente y su sordera
privada,
de aquel punteo,
que nos convoca,
qué descontrolada motivación
nos ha llevado a este aprendizaje de la violencia.



No hay culpables en este des
concierto
frente a lo sagrado,
solsticio ocular, la inquietud
del espacio de lo que escucha,
de lo que habla, se hace abstracción:
(cuando se cierran las ventanas
cuando la casa se aleja de nuestro
frío
para acercarse a nuestra fiebre,
las manos de mamá
y su pañuelo mojado
bajan los pájaros de la cabeza).
Sudarios y alas sobre la historia,
canto que cubre lo evocado
para que suceda el eclipse:

Nuestra madre (la otra, la de las flores famélicas, la de las flores flamencas)
nos ha dicho
que el silencio de las castañuelas
puede convocar al baile.
Nuestros ojos,
pequeños y desparramados,
astillas de vidrio,
en puntitas de pie.

Nuestro cuerpo, trazo
perpendicular
sobre el misterio que ha rodeado
la palma de mis manos,

qué temor ha vinculado nuestra sensibilidad
a lo inefable.

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